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sábado, 1 de diciembre de 2012

Ni tontos ni malos: Ciudadanos

Los ecos del 8N ya van quedando atrás, aunque la insistente rémora de expresiones emanadas del Gobierno resulte la causa principal de su vigencia.
En efecto, el Gobierno parece insistir en que el intenso reclamo de una vasta porción de la ciudadanía no es un hecho al que se deba atender. Pero lo más preocupante son las razones que, según se aduce, justificarían esa negación.
Más allá de la serie de conceptos y epítetos utilizados por el discurso oficialista para descalificar a quienes marcharon  el 8N, su pasaje a categorías más básicas permite esta síntesis: “Quienes se manifestaron son carentes, tontos o malos; o todo eso a la vez”
 En efecto, un primer análisis del discurso gubernamental revela que, para éste, aquellas voces demandantes no deberían ser atendidas porque evidencian alguna carencia estructural: o no tienen suficiente entidad numérica o no tienen ninguna representación política.
Un segundo nivel, permite particularizar la atribución de otro tipo de déficits más homologable a discapacidades propositivas o intelectuales de la ciudadanía manisfestante: sus demandas son difusas, no exhiben propuestas, no son voces auténticas sino “habladas” a través de medios hegemónicos, no entienden lo que pasa en el país ni su historia, no terminan de comprender el juego de la democracia, etc.
Por último, también se sostiene que las voces manifestantes no deberían ser escuchadas porque constituirían la certera expresión de algo cuestionable: perseguir fines sectoriales; tener vocación antidemocrática; representar a la derecha, a la oligarquía, a una clase media insensible; ser frívolas, egoístas, destituyentes, golpistas, etc.
El análisis de las razones subyacentes a la negativa del Gobierno a escuchar y comprender los motivos del descontento expresado el 8N, encuentra su correlato en el concepto de protesta calificada.
Así —parece razonar la cofradía kirchnerista— para que una protesta califique como atendible para el Gobierno, debería ir acompañada de ciertos requisitos tales como la extracción social de quien la expresa, su condición ético-moral, cierto grado de pureza ideológica, cierto nivel de coherencia interna, un certificado de autenticidad que garantice que no ha sido forjada por algún mecanismo de manipulación mediática, presentarse adjuntando la solución de lo que es el objeto de queja y, por último, la paradójica imposición de que si no está apadrinada por alguna fuerza política debería estarlo y, al mismo tiempo, en caso de que lo estuviera, debería demostrase que la queja no representa una acción encubierta de esa fuerza encaminada a horadar el poder gubernamental.
Resulta evidente la dificultad de satisfacer tal conjunto de exigencias, máxime cuando el mismo destinatario de la queja (el Gobierno) resulta, a su vez, la misma instancia calificadora.
De tal modo, el ciudadano disconforme queda confinado a una especie de cepo psicológico: o bien se abstiene de expresar su insatisfacción o, si decide hacerlo, debe soportar la andanada de descalificaciones que, simplificando, lo sindican como tonto o como malo.
En la medida en que a nadie le gusta ocupar ninguno de esos ingratos lugares, el discurso gubernamental termina —paradójicamente— provocando el escenario más temido: muchos argentinos que vuelven a manifestarse para decir que existen problemas importantes que aún permanecen irresueltos, que varias medidas que toma el Gobierno no los satisfacen y que desean ser escuchados en sus demandas.
Porque no son tontos ni son malos: son simplemente ciudadanos.