La inercia mental: apuntes sobre un matiz de la psicología del votante, a la luz del resultado de las elecciones primarias
Federico González
El difícil arte de explicar el voto
¿Por qué el pasado 14 de agosto, en las elecciones primarias, la gente votó como votó? , ¿Por qué Cristina ganó como ganó?, ¿Qué es lo que votó la gente?
Las razones del voto son múltiples y heterogéneas. En otro trabajo , traté sobre los límites en nuestra capacidad para explicar los hechos políticos y sobre nuestra irrenunciable necesidad de transponerlos. Transposición que —en aquel trabajo— puse en acto enumerando 42 razones conjeturales para el triunfo de Cristina Kirchner, cuya enumeración trasciende el marco del presente artículo.
La tesis de la inercia mental del votante
Aquí me detendré a ampliar sólo una de aquellas razones, a la que denominaré tesis de la inercia mental del votante. Por cierto resulta apenas una razón más dentro de aquel vasto conjunto. Su verosimilitud no se contrapone a la de otras. Su peso relativo no se pretende mayor. La definiré por oposición:
En nuestro afán explicativo solemos conjeturar a un votante ideal que conoce, evalúa y decide. Así, pensamos que esa abstracción que denominamos “la gente” forjó una imagen de las diferentes ofertas electorales (Vg. los candidatos), analizó sus pro y sus contra para, finalmente, decidir su voto.
La tesis de la inercia mental nos muestra un cuadro diferente: mucha gente simplemente decidió en base a lo que emergió en su mente con mayor facilidad. En otros términos, la decisión del votante obedecería más a una lógica consistente en evaluar si lo más conocido (Vg. los candidatos oficialistas) es suficientemente satisfactorio como para poder decidir. Si la respuesta es afirmativa, simplemente se decide en consecuencia, sin necesidad de atender demasiado a las restantes ofertas.
Por supuesto, tanto aquel votante ideal como el que sugiere la tesis de la inercia mental, no son sino los extremos puros de un continuo de posibilidades.
No obstante, la invocación al fenómeno de la inercia mental ilumina algunos aspectos posibles de la lógica de algunos votantes. En primer lugar, la tendencia a satisfacer en lugar de optimizar (en efecto, si la información disponible conocida es suficiente, ¿para qué buscar más?) En segundo lugar, lo anterior semeja más un proceso simple y casi automático que otro de carácter reflexivo. Y, por último, nos permite considerar esa tendencia que aqueja a muchos y que consiste en cerrar la mente ante las diferentes alternativas de la oferta política.
Lo anterior conlleva algunas implicancias para explicar el fracaso de la oposición.
La oposición tiene debilidades, pero también tiene propuestas
Aquí no se trata de negar los simples o groseros errores estratégicos y tácticos cometidos por los diferentes candidatos opositores. Sí se trata de comprender que aquel fracaso no puede ser atribuido por entero a esos errores.
Muchas de las explicaciones sobre ese fracaso son una amalgama entre verdad, prejuicio, lugares comunes y metáforas ad hoc. Así, quizás se asista al abuso de sostener acríticamente que la oposición no tenía propuestas. O que si las tenía, no supo comunicarlas. O, en versión pasional, que la oposición no alcanzó a “enamorar al electorado.”
Todo eso puede tener una cierta dosis de verdad, pero también escamotear la otra campana: tal vez la oposición sí tenía alguna propuesta, tal vez algunas fueron comunicadas de un modo aceptable, tal vez las propuestas de la oposición no fueran ostensiblemente inferiores a las del oficialismo; pero quizás del otro lado no hubo suficientes receptores dispuestos genuinamente a escuchar.
Al respecto, la metáfora de la seducción puede ser esclarecedora: quien seduce debe conocer su arte, pero sí de antemano el otro ha decido negarse a considerar el juego de la seducción, ese arte se tornará estéril e impotente.
La inercia mental puede ser un mecanismo doblemente perverso: primero obtura la posibilidad y, luego, ante el hecho está consumado, aplica racionalizaciones que lo justifican (Vg. “elegí al oficialismo que conozco porque en realidad no había opciones, no había nada que elegir”)
A pocos menos de un mes de las elecciones, desde algunos medios se sigue insistiendo en que la oposición no tiene estrategia, no tiene rumbo, no tiene propuestas o no tiene convicción. Puede ser. ¿Pero será tan así?
Cuando se dispone verdaderamente a escuchar a varios de los candidatos se observa, por el contrario, que, tanto antes como ahora, sí existieron y existen propuestas.
Comencemos por Ricardo Alfonsín. Entre otros proyectos, ha presentado públicamente los siguientes: 1) el Plan Casa Joven, orientado a solucionar el problema de la primer vivienda de jóvenes de bajos ingresos, a través de créditos hipotecarios accesibles y con bajo interés (se aspira a otorgar 150.000 créditos por año); 2) el Plan Crianza, orientado a universalizar el beneficio de la asignación a la niñez y a transformarlo en un derecho al ingreso garantizado para la seguridad social de los niños (incluye al Plan Hambre Cero, encaminado, entre otros aspectos, a bajar drásticamente el índice de mortalidad infantil); 3) el Plan de Incentivos al Empleo Joven, basado en otorgar incentivos a las empresas que contraten jóvenes; 4) el Plan Nacional de Formación de Ingenieros, orientado a formar recursos humanos para achicar la brecha tecnológica y mejorar la matriz productiva del país; 5) el Plan Ferroviario, que apunta a extender el servicio ferroviario nacional; 6) El Plan Medioambiental para el Desarrollo Sustentable, orientado a pasar del crecimiento al desarrollo sustentable, en el marco de una gestión ambiental que garantice un manejo inteligente los bienes naturales.
Por su parte, Eduardo Duhalde, ha propuesto en forma pública: el programa “Hambre cero” y la renta básica de ciudadanía; un aumento de la inversión en la prevención y represión del delito; una concepción integral de los derechos humanos de modo tal que se incluyan los derechos a la vida, a la salud, al privilegio de niños y ancianos; la lucha frontal contra los narcotraficantes y prevención de la drogodependencia; la recuperación del sistema federal de gobierno; garantizar el derecho al arraigo y a la tierra para la vivienda en todas las poblaciones del NEA y el NOA que no superen los 100.000 habitantes; poner los organismos de control del estado en manos de la oposición; crear las condiciones para producir un shock de inversión.
Por su parte, Hermes Binner ha presentado un plan integral de gobierno en base a 10 ejes, con propuestas específicas en cada uno: Alimentación, Salud, Educación, Vivienda; Trabajo Decente, Jubilación Digna, Seguridad, Justicia, Medio Ambiente Sustentable e Inserción de Argentina en el mundo.
Alberto Rodríguez Saá, también hizo público un pormenorizado Programa de Gobierno que incluye varias decenas de propuestas desglosadas en las siguientes áreas: Educación, Salud, Protección Social, Justicia, Seguridad, Política Fiscal, Integración Global, Transporte, Energía, Plan Nacional de Energía, que incluya las energías alternativas que cuidan el medioambiente, Desarrollo Sustentable, Jefatura de Gabinete, Decretos de Necesidad y Urgencia, Superpoderes, Auditoría General de La Nación, Consejo de la Magistratura, Defensorías del Pueblo, Corte Suprema de Justicia de la Nación, Federalismo Fiscal y Digesto Nacional.
Elisa Carrió y otros dirigentes de la Coalición Cívica también han presentado de modo público su Plan Integral de Gobierno que incluye: Desarrollo económico sostenible, Rol decisivo de las PyMEs, Desarrollo Social: Distribución del ingreso e igualdad de oportunidades, Políticas públicas que universalicen y garanticen el trabajo digno, Acceso a la vivienda y desarrollo territorial, Educación, Seguridad pública y ciudadana, Políticas penitenciarias y Derechos de las personas privadas de libertad, Salud, Ciencia, tecnología e innovación, Cultura, Deportes, Turismo, Política estratégica de Relaciones, Defensa, Inclusión y ciudadanía plenas, Política agropecuaria, Políticas de desarrollo pesquero marítimo, Energía, Minería, Políticas ambientales y territoriales, Política institucional, Política de medios y acceso a la información pública.
En el ámbito provincial, Francisco de Narváez ha presentado en forma pública varias decenas de propuestas concretas agrupadas en estas áreas: Educación, Salud, Trabajo, Vivienda, Seguridad, Política Social, Infraestructura, Medio Ambiente, Inflación, Federalismo
Reflexión final: ¿Cómo romper la inercia mental del votante?
La tesis de un mecanismo de inercia mental del votante aspira a describir y no a valorar ciertos aspectos de la psicología de los electores. Por supuesto, no se trata de cuestionar a ningún votante y menos de deslegitimar los resultados de la democracia. Simplemente se pretende arrojar alguna luz en la ardua empresa de la comprensión.
Tampoco se pretende ser indulgente con las miserias de la oposición, que quizás no sean pocas.
Pero, nada de lo anterior quita la pretensión de ecuanimidad.
Oportunamente, Lilita Carrió lo expresó con claridad. Palabras más, palabras menos, ello habría dicho: “Estamos tranquilos: dijimos lo que debíamos decir, denunciamos lo que debíamos denunciar, hicimos lo que teníamos que hacer, nos preparados con equipos y con ideas; ¿qué más podríamos hacer?”. Su catarsis anticipada dejaba entrever, a modo de consecuencia lógica, que si la gente no comprende, si no quiere escuchar, si no quiere votar por algo distinto; entonces, ¿qué más puede hacerse?”
Luego del fracaso de las primarias, la oposición no ha padecido una sino dos derrotas: primero, la de la urnas; luego, de ser ubicada en el lugar del escarnio reservado a quienes no habrían podido ni sabido. Paradójicamente es como si “la gente” hubiera decidido votar al oficialismo y, luego, le reprochara a la oposición su magro desempeño.
Sin duda, insistiré, hay mucho para cuestionar a la oposición. Pero, ¿No será demasiado?
Ciertamente siempre podría hacerse algo más de lo que se hizo. Siempre podría haberse aplicado mayor, fuerza, mayor inteligencia, mayor coraje, mayor convicción.
Tal vez el fracaso opositor, su capital pecado, sea no haber advertido que si se pretende ser un digno oponente del oficialismo eso significaba un fin extraordinario. Y los fines extraordinarios deben ir precedido por causas extraordinarias. Algo del orden de la epopeya.
Romper la inercia mental del votante sería lograr hacerse escuchar, penetrar la mente y el corazón del votante para que, verdaderamente, conceda una posibilidad. Para que, finalmente, pueda realizar el poco frecuente ejercicio consistente en imaginar “Bueno, a ver, vamos a pensar en serio, ¿qué pasaría si ese candidato —a quien descarto— por inercia, accediera al gobierno?, ¿Cómo sería entonces ese país, o esa provincia?
Si eso ocurriera, quien sabe si el resultado cambiaría. Tal vez sí, tal vez no.
Quizás a la oposición tampoco le alcance para torcer su destino. Pero un resultado basado en la mayor reflexión de más votantes, sin duda, sería mucho más justo que aquel determinado en parte por una simple inercia mental.
Opiniones y reflexiones sobre la actualidad política argentina expresadas desde la óptica de la psicología de los actores involucrados.
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domingo, 25 de septiembre de 2011
sábado, 27 de agosto de 2011
La explicación ideológica y la explicación psicológica
La explicación ideológica y la explicación psicológica
Para comprender el mundo, la mente humana necesita simplificar.
Explicar, entre otras cosas, es formular ficciones útiles para dar cuenta de la complejidad de lo real.
La “complejidad de lo real” es un ejemplo elocuente de lo anterior. Quizás la realidad es sólo lo que es. Su aparente complejidad tal vez no sea más que una figura para referirse al vínculo que establecemos con lo real, en tanto sujetos del conocimiento.
La política no escapa a esa lógica. La política es tanto una realidad como una abstracción. No resulta desatinado considerar que política no es otra cosa que una serie de hechos a los que les asignamos un carácter particular. Catalogar a un hecho como político supone hablar de ciertos significados e implicancias. Definir el alcance de los mismos es objeto de las denominadas ciencias políticas.
Pero, sea lo que sean los hechos políticos, resulta imposible concebirlos como entidades que trascienden a los factores humanos que constituyen su causa. En tal sentido no hay hecho político en ausencia de los motivos y creencias de los actores humanos que los generan.
Concluir a partir de lo anterior que la política deberái reducirse a la psicología es una temeridad y una confusión de niveles.
Por supuesto, si la política es una especial mirada sobre ciertos acontecimientos humanos, deberíamos atenernos a las leyes propias de ese nivel de abstracción. Pero, sin embargo, resulta difícil renunciar a lo que subyace a dicha abstracción. Esto es, nuevamente: deseos, creencias y pasiones humanas.
Lo mismo que se analiza sobre la política, se aplica a la ideología. Porque, en última instancia, la ideología no es otra cosa que sistemas de creencias y valores que guían las acciones de individuos y colectivos.
Hoy, como siempre, los hechos políticos se analizan en términos de las vicisitudes de disputas ideológicas. Izquierdas, derechas, centros, progresismos, liberalismos, etc. pretenden referir a fuerzas que transcenderían a la psicología de quienes se movilizarían dentro de sus respectivos senos.
Pero escamotear la psicología de los actores conduce a lo que los epistemólogos de la filosofía analítica denominan error categorial. En este caso, cometer un error categorial significa suponer que existen realmente entidades trans-fenoménicas que se desplegarían por encima de los actos psicológicos y conductuales de los actores humanos que se comportan bajo determinantes ideológicos.
Coleridge, citado por Borges, considera que los hombres nacen aristotélicos o platónicos, y que ambas cosmovisiones irreconciliables vuelven a aparecer a los largo de la historia bajo diferentes ropajes.
Similarmente, parece imposible explicar el universo de lo político en términos de categorías tales como izquierda y derecha. ¿Pero qué son realmente izquierda y derecha si prescindimos de que, fundamentalmente, son sistemas de creencias y valores?
En tanto significados de uso (es decir, más allá del análisis político teórico) reivindicarse y/o acusar a alguien de izquierdista o derechista supone atribuirle deseos y creencias analizados en términos valorativos.
De igual modo, definirse como progresista (modo contemporáneo de reivindicarse de izquierda obviando ciertas connotaciones problemáticas de dicha categoría) significa afirmar que se es éticamente superior, más humano, más sensible, más justo, más democrático, más abierto a nuevas ideas que nos permiten trascender viejos atavismos que hacían más pesada la carga de la existencia, etc.
Inversamente, no ser progresista (i.e. “ser de derecha”) parecería equivaler a ser más egoísta, más individualista, más pragmático y menos sensible, más propenso a conservar atavismos anticuados que complican el existir, etc.
En una síntesis más ajustada, ser progresista parece significar ser mejor persona y/o poseer mayor inteligencia y sabiduría. En cambio, ser de derecha significaría ser mala persona, por acción o por omisión, y/o (vía autoengaño conciente o falsa conciencia) estar prisionero de un sistema de valores perverso o profundamente degradante de la condición humana, o ignorar que ciertos medios no conducen a los fines que deberían consducir.
El bien y el mal, la conciencia de la lucidez o el determinismo del autoengaño, creencias verdaderas o falsas, ser más o menos inteligentes. Hablar de ideología es hablar de psicología. O de ética. De saber cómo se debería vivir y para que lo hacemos.
Hablar de política es hablar de lo que deseamos, de lo que no deseamos o de lo que “no queremos saber que deseamos” (la expresión es de Julio Cortázar)
Sería justo entonces suspender la pesada carga de los etiquetamientos ideológicos para poder hablar de lo que único que realmente se viene hablando: el bien, el mal, los medios, los fines, la inteligencia para alcanzarlos.
Eso revelaría, quizás, que no todo es como parece. Y que virtudes y disvalores pueden habitar o escasear detrás de muchos rótulos que confunden el ser y el parecer, la sustancia y declamación vacía, la verdad y la impostura.
Para comprender el mundo, la mente humana necesita simplificar.
Explicar, entre otras cosas, es formular ficciones útiles para dar cuenta de la complejidad de lo real.
La “complejidad de lo real” es un ejemplo elocuente de lo anterior. Quizás la realidad es sólo lo que es. Su aparente complejidad tal vez no sea más que una figura para referirse al vínculo que establecemos con lo real, en tanto sujetos del conocimiento.
La política no escapa a esa lógica. La política es tanto una realidad como una abstracción. No resulta desatinado considerar que política no es otra cosa que una serie de hechos a los que les asignamos un carácter particular. Catalogar a un hecho como político supone hablar de ciertos significados e implicancias. Definir el alcance de los mismos es objeto de las denominadas ciencias políticas.
Pero, sea lo que sean los hechos políticos, resulta imposible concebirlos como entidades que trascienden a los factores humanos que constituyen su causa. En tal sentido no hay hecho político en ausencia de los motivos y creencias de los actores humanos que los generan.
Concluir a partir de lo anterior que la política deberái reducirse a la psicología es una temeridad y una confusión de niveles.
Por supuesto, si la política es una especial mirada sobre ciertos acontecimientos humanos, deberíamos atenernos a las leyes propias de ese nivel de abstracción. Pero, sin embargo, resulta difícil renunciar a lo que subyace a dicha abstracción. Esto es, nuevamente: deseos, creencias y pasiones humanas.
Lo mismo que se analiza sobre la política, se aplica a la ideología. Porque, en última instancia, la ideología no es otra cosa que sistemas de creencias y valores que guían las acciones de individuos y colectivos.
Hoy, como siempre, los hechos políticos se analizan en términos de las vicisitudes de disputas ideológicas. Izquierdas, derechas, centros, progresismos, liberalismos, etc. pretenden referir a fuerzas que transcenderían a la psicología de quienes se movilizarían dentro de sus respectivos senos.
Pero escamotear la psicología de los actores conduce a lo que los epistemólogos de la filosofía analítica denominan error categorial. En este caso, cometer un error categorial significa suponer que existen realmente entidades trans-fenoménicas que se desplegarían por encima de los actos psicológicos y conductuales de los actores humanos que se comportan bajo determinantes ideológicos.
Coleridge, citado por Borges, considera que los hombres nacen aristotélicos o platónicos, y que ambas cosmovisiones irreconciliables vuelven a aparecer a los largo de la historia bajo diferentes ropajes.
Similarmente, parece imposible explicar el universo de lo político en términos de categorías tales como izquierda y derecha. ¿Pero qué son realmente izquierda y derecha si prescindimos de que, fundamentalmente, son sistemas de creencias y valores?
En tanto significados de uso (es decir, más allá del análisis político teórico) reivindicarse y/o acusar a alguien de izquierdista o derechista supone atribuirle deseos y creencias analizados en términos valorativos.
De igual modo, definirse como progresista (modo contemporáneo de reivindicarse de izquierda obviando ciertas connotaciones problemáticas de dicha categoría) significa afirmar que se es éticamente superior, más humano, más sensible, más justo, más democrático, más abierto a nuevas ideas que nos permiten trascender viejos atavismos que hacían más pesada la carga de la existencia, etc.
Inversamente, no ser progresista (i.e. “ser de derecha”) parecería equivaler a ser más egoísta, más individualista, más pragmático y menos sensible, más propenso a conservar atavismos anticuados que complican el existir, etc.
En una síntesis más ajustada, ser progresista parece significar ser mejor persona y/o poseer mayor inteligencia y sabiduría. En cambio, ser de derecha significaría ser mala persona, por acción o por omisión, y/o (vía autoengaño conciente o falsa conciencia) estar prisionero de un sistema de valores perverso o profundamente degradante de la condición humana, o ignorar que ciertos medios no conducen a los fines que deberían consducir.
El bien y el mal, la conciencia de la lucidez o el determinismo del autoengaño, creencias verdaderas o falsas, ser más o menos inteligentes. Hablar de ideología es hablar de psicología. O de ética. De saber cómo se debería vivir y para que lo hacemos.
Hablar de política es hablar de lo que deseamos, de lo que no deseamos o de lo que “no queremos saber que deseamos” (la expresión es de Julio Cortázar)
Sería justo entonces suspender la pesada carga de los etiquetamientos ideológicos para poder hablar de lo que único que realmente se viene hablando: el bien, el mal, los medios, los fines, la inteligencia para alcanzarlos.
Eso revelaría, quizás, que no todo es como parece. Y que virtudes y disvalores pueden habitar o escasear detrás de muchos rótulos que confunden el ser y el parecer, la sustancia y declamación vacía, la verdad y la impostura.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Los medios y los fines en el debate sobre los fines de los medios
Los medios y los fines en el debate sobre los fines de los medios: A propósito del debate sobre el Proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual
Lic. Federico González
Sostener que el debate acerca de la ley de servicios de comunicación audiovisual representa un asunto complejo es tanto una verdad de perogrullo como una verdad a secas.
Sin duda, un proyecto de más de un centenar de artículos, que –en asistemática lista– abarca cuestiones tan heterogéneas como el derecho a la información de los ciudadanos, las regulaciones antimonopólicas, el marco jurídico bajo el que se otorgan licencias a los diferentes medios, las tecnologías de banda ancha actuales y futuras, etc.; no podría no resultar sino una materia compleja.
Pero para agravar la comprensión, a ese vasto repertorio caracterizado por su complejidad intrínseca se agregan el debate ideológico sobre la tensión y los límites entre libertad de expresión y poder estatal, la permanente indiscriminación entre Estado y Gobierno y, por si no fuera ya demasiado, el conflicto de intereses entre los actuales propietarios de medios y los conjeturales propietarios futuros.
Ante tal escenario pantanoso, lo más sensato y hasta saludable sería abstenerse de emitir opinión. Pero eso implicaría la típica auto-claudicación que separa las aguas entre mirar y participar. En este caso, elijo lo último, para poder expresar algunos ejes que –a mi juicio- pueden contribuir a la comprensión del asunto:
1. Los fines del proyecto se presentan como claramente loables, pero su artífice exhibe un patrón de comportamiento histórico que conspira contra su verisimilitud
Desde sus asunciones en 2003 y en 2007, respectivamente, tanto el gobierno de Néstor Kirchner como el Cristina Fernández han dado innumerables muestras objetivas de una valoración negativa sobre el rol de la prensa y el periodismo.
Más allá de que tales cuestionamientos no refirieran a un juicio universal contra los medios, sino –más específicamente– al accionar de éstos respecto a sus respectivas gestiones de gobierno, lo cierto es que el matrimonio presidencial ha dejado una profusa cantidad de testimonios acusatorios del supuesto carácter “tendencioso”, “tergiversador”, “destituyente” y hasta “golpista” de varios periodistas y/o medios de comunicación. Además, ha exhibido claras conductas limitantes entre la indiferencia y la hostilidad hacia el periodismo, al negarse reiteradamente a ofrecer conferencias de prensa, responder preguntas y hasta descalificar públicamente a periodistas.
2. Los fines del proyecto se presentan como claramente loables, pero la oportunidad y las circunstancias en que se presenta conspirarían contra su verisimilitud
Aquí corresponde formular dos señalamientos de distinto carácter pero con un denominador común: en ambos casos se podría esgrimir tanto un argumento como su contrario. Personalmente, me inclino por los argumentos tal como se expresan abajo; en cambio las probables réplicas que apareces entre paréntesis las valoro como de menor seriedad.
1. Si el proyecto de ley resulta tan relevante como sostiene el oficialismo porque existe tanto apuro en sacarlo, en detrimento de la discusión que resultaría acorde a su complejidad (réplica discutible: precisamente porque es relevante, hay que sacarlo lo antes posible)
2. Si el proyecto de ley resulta tan relevante como sostiene el oficialismo porque durante tantos años de gobierno kirchnerista no lo comunicó a la opinión pública con el énfasis que ameritaba (réplicas discutibles: más vale tarde que nunca; el proyecto lleva varios años de elaboración; etc.)
3. Los fines del proyecto se presentan como claramente loables, pero algunos aspectos de su contenido parecen contradictorios con ese espíritu, y por ende, justifican la duda acerca de su verisimilitud
Sin duda el tratamiento de este apartado resulta más complicado de abordar en este contexto no técnico, en la medida en que hacerlo supone adentrarse en el contenido específico de algunos de sus artículos.
Pero sin necesidad de incurrir en tecnicismos, la duda central de la ciudadanía refiere a que, al parecer, existen varios artículos que concederían al Estado (léase el actual Gobierno) suficiente “grados de libertad” (leáse “discrecionalidad”) para ejercer la potestad de decidir cuál medio puede o no puede y debe o no debe ingresar o salir de eso que se ha dado en denominar el mercado de los medios.
4. La ley persigue el loable fin de desarticular actuales monopolios mediáticos con tendencia a la concentración de la información, pero –sin embargo– para contrarrestar dicha tendencia propiciaría el ingreso de otros holdings que ya han dado suficientes muestras de comportamientos monopólicos en otros mercados.
El tratamiento de este apartado conduce a especular en el contexto del núcleo duro de la eventual causa final del proyecto: la matriz ideológica del kirchnerismo.
Bajo esa óptica, que –a mi juicio– resulta tan verosímil y consistente como harto difícil de verificar– lo lógica profunda del kirchnerismo (y, por ende, su verdadera ideología) sería la de la incesante búsqueda de poder a través del control. Pero, además, dicha lógica aparece amalgamada con un importante aditamento, no ya de carácter ideológico sino psicológico: Néstor Kirchner valoraría no sólo el resultado final de una victoria, sino el producto psicológico de haber doblegado a un adversario devenido en enemigo.
De tal modo, el fin último de la ley no sería lo que aparece como su costado visible, es decir: la democratización de los medios. Eso sólo sería un sucedáneo, una excusa, una razón de superficie, apenas un medio encaminado al logro del verdadero FIN mayor: el inveterado y recurrente intento de Néstor Kirchner por seguir acumulando poder a costa de doblegar a aquellos que inviste en el rol de enemigos importantes. Por cierto, un anhelado doble triunfo (si es que lo hubiera)
Síntesis
El título de este artículo pretende ser algo más que un verdadero juego de palabras. Al contrario, pretende destacar la existencia de una explicación alternativa a la tesis oficial proporcionada por el oficialismo en torno al verdadero fin de la ley de de servicios de comunicación audiovisual.
En efecto, el Gobierno sostiene que el fin perseguido por dicha ley radica en democratizar el mercado de los medios a través de la desmonopolización de un mercado actual de multimedios concentrados. Señala el Gobierno que la aprobación de dicha ley contribuirá a un sistema de comunicación más plural donde existan más voces con capacidad de ser escuchadas.
En contraposición, el autor de esta líneas opina que, al margen de los evidentes méritos de una ley que realmente lograra plasmar tan loables fines, en este caso, desde la perspectiva de su artífice fundamental (es decir: Néstor Kirchner) la razón de ser de la mentada ley es la de constituirse en un mero medio para el verdadero fin del Ex Presidente: afianzar su perduración en el poder.
Por cierto, tal tesis resulta para muchos tan verosímil como difícil de comprobar. Quizás sólo la historia devele su cabal alcance y significado.
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