¿Por qué Menem desistió de participar en el ballotage?
Cuando las razones superficiales pueden también ser profundas
Lic. Federico F. González
En su nota aparecida en “Tribuna abierta” del 16 de Mayo, su autor, Carlos Acuña, sostiene que, contrario a lo que se venía insistiendo, la aversión a perder por parte del ex presidente Carlos Menem sería una razón superficial para explicar su renuncia al ballotage; mientras que el análisis de la Economía Política proveería una explicación más acabada. En palabras del autor “se han dicho muchas cosas respecto a las razones de Carlos Menem para renunciar a participar del ballotage, en general centradas en su falta de disposición a perder, ya sea en el golf, en el tenis o en una elección presidencial. Sin embargo esta lectura es incompleta, superficial”. Por el contrario, agregaba Acuña, la tesis fundada en la Economía Política, afirmaría que “en función de sus intereses, era casi imposible que Menem se mantuviese en carrera, y no por la posibilidad de perder sino por la casi imposibilidad de hacer política a partir del 26 de mayo”. En otros términos, puesto a escoger entre dos escenarios negativos, el ex presidente habría elegido renunciar pensando que, a la larga, eso es lo que lo dejaría con mayores chances para continuar su carrera política.
No es el propósito del presente análisis negar el valor explicativo de dicha tesis (que por cierto en su desarrollo contenía pasajes de real interés cuyo tratamiento desborda esta nota), pero sí destacar que a veces las razones que parecen superficiales pueden resultar decisivas.
Convengamos que, en primera instancia, el problema bajo discusión es hasta qué punto la necesidad de Menem de nunca ser derrotado en una elección presidencial fue la determinante de bajarse del ballotage. En tal sentido, resulta claro que su eventual aversión a perder al golf o al tenis, sí parecen ser cuestiones superficiales. Pero, de un modo más general lo que pareciera discutirse acríticamente, aunque de un modo más velado, es la incidencia de los superficiales motivos pasionales, por sobre las verdaderas causas racionales de las que el análisis de la Economía Política daría cuenta; como si las pasiones no pudieran a su vez convertirse en razones y cómo si el análisis racional no pudiera, también, deliberar sobre los costos-beneficios de actuar o inhibir ciertas conductas eminentemente pasionales. En última instancia, se trata aquí de legitimar la importancia causal de pasiones tales como rivalidades, odios, traiciones, temores, lealtades, revanchas y esperanzas, a la hora de tener que arribar a una decisión política tan drástica como dramática[1].
Menemismo y personalidad menemista
Adentrándonos en el análisis, en primer lugar, señalemos algo que aunque resulte obvio no debe soslayarse: no es posible entender la política memenista, ni la cultura menemista, ni, por fin, al menemismo, sin entender al mismo tiempo la personalidad de Carlos Menem. Seductor, carismático, poderoso, líder, ganador, exitoso, autosuficiente, egoísta, ególatra, perseverante, conductor, invulnerable, trasgresor, narcisista, mesiánico, etc.; podrían figurar en el vasto catálogo de adjetivos sobre el que seguidores y detractores podrían escoger para trazar el perfil más ajustado a su amor o a su rechazo. Es claro también que el significado más cabal de este repertorio surge cuando se aplica a alguien que hizo de la política su principal pasión en la vida.
Lo que sigue consiste simplemente en el intento de mostrar cómo estos aspectos, supuestamente superficiales, constituyen parte importante de la explicación de su renuncia al ballotage.
Mesianismo, invulnerabilidad y trasgresión
Alguien que se cree casi invencible, que se jacta de nunca haber perdido una elección (“todavía sigo estando invicto”), que se considera a sí mismo una especie de predestinado, que basa parte de su discurso en sentencias bíblicas (“síganme, que la estrella de Carlos Menem los acompañará”), no puede consentir perder, bajo el riego de dejar de ser quien es. El caudillo riojano hizo de su éxito político su autorrealización personal. Y su éxito político no surgía de cualquier modo, si no de la especial relación, imaginaria o real, con un pueblo que mayoritariamente expresaba su aprobación (o su amor, en la vertiente mesiánica) a través del voto (“la voz del pueblo es la voz de Dios”). De tal modo, resulta enteramente razonable imaginar a un Menem cavilando en que si la fatídica presunción del “ya no me siguen” se transformara en una lapidaria realidad, entonces “ya no seré el que soy” (triunfador, invulnerable, etc.). Porque, cómo decía el poeta Antonio Porchia “quien hace un paraíso de su pan, de su hambre hará un infierno”, o porque, tal vez el infierno tan temido era, como reza la letra del tango “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.
Como si todo esto no bastara, aparece la figura del Presidente Eduardo Duhalde. Quienquiera que adopte una posición mesiánica no puede tolerar la osadía del enfrentamiento de alguien que otrora fue un seguidor y al que se cree haber habilitado en la gravitación política. Deslealtad y traición son epítetos insuficientes para caracterizar lo que, desde la lógica cuasi mesiánica, aparece como un verdadero sacrilegio. De modo, que la inminente derrota de las urnas no sólo representa la frustración del sueño presidencial, sino la humillación de ser infligida por parte del “hereje” que se atrevió a semejante desafío.
Sin embargo, a la voluntad de no perder todavía le falta la excusa, porque un abandono sin explicación satisfactoria puede significar una derrota peor que la derrota misma de las urnas. Es también aquí donde entraría a jugar, otra faceta distintiva del mesianismo: la idea de estar por encima de la ley, o cuando menos, la permanente tentación de acomodar la ley a los antojos personales. Si la ley, como instancia formal, se opone al designio, cuyo valor sería superior, entonces la salida lógica es deslegitimarla negándose a jugar la juego.
En síntesis, en la fatal disyuntiva presente en la figura de la derrota por abandono o por knock out, el sueño presidencial ya estaba perdido. Abandonar, pudo haber sido entonces el mejor modo de preservar la herida narcisista que habría surgido al perder el invicto a manos del eterno archirrival y, por ende, comprobar inexorablemente que ya no era el elegido del pueblo. Y, quizás, al constituir un acto de quien sintiéndose por encima de la ley puede desconocerla y asumir la potestad del juego, era el único modo de seguir siendo Menem.
Suicidio y homicidio
Otra línea de posibles explicaciones pasionales apelan a las figuras -metafóricas por cierto- del suicidio y (las más osadas) del suicidio acompañado de homicidio. Como ejemplo de las primeras, Sabat nos muestra a un Menem sentado en una silla eléctrica pulsando un botón que acciona sobre sí mismo. Como ejemplo de las segundas, el diario El País de España tituló así su nota sobre el episodio que se viene analizando: “El caudillo que quiso morir matando”. Expresiones como “pateó el tablero”, “tiró del mantel antes de irse”, “se llevó la pelota de la que se creía dueño cuando el resultado del partido era inevitable”, fueron las versiones más coloquiales que intentaban denotar el carácter dañino con que, en un acto de desesperación final, habría actuado el ex presidente.
Un conocido principio del psicoanálisis sostiene que “todo suicidio es un homicidio”, en la medida en que detrás del suicidio lo que se buscaría es escarmentar a otro que en vida no fue capaz de cuidar a quien decide el trágico acto. Sin embargo, la versión que circuló al conocerse la noticia de la defección era más drástica: ya que debía “morir”, deliberadamente Menem buscó dañar a sus adversarios, devenidos ya en enemigos, para lo cuál no escatimó el mal que podía propinar a las instituciones mismas. La lógica perversa aquí presente sería “si no puede ser mío, entonces que no sea de nadie”. Para comprender esto, otra referencia psicoanalítica puede resultar ilustrativa; me refiero a la reinterpretación del conocido juicio de Salomón. En la versión bíblica dos mujeres (una de las que acaba de perder a su hijo) disputan la maternidad de un niño. Para zanjar el problema el rey ofrece partir al niño en dos pedazos, cuestión a la que una de las mujeres asiente y la otra no. De este modo Salomón puede descubrir a la verdadera madre en aquella que con tal de no sacrificar a su hijo, está dispuesta a sacrificarse ella misma en su rol de madre. En la interpretación freudiana, el rey podría haber arribado al mismo resultado, pero descubriendo a la falsa madre, encarnada en aquella dispuesta a sacrificar al hijo ajeno como único modo de equiparar el dolor por la pérdida del propio.
La sentencia “que Kirchner se quede con el 22%, yo me quedo con el pueblo”, es tanto la expresión visible de un consuelo secreto, como la plasmación del egoísmo destructivo que ante la impotencia de ver frustrado el deseo propio no escatima el riesgo de poner en peligro el bien común, con tal de que el otro también vea frustrado su deseo.
Agentes mentales y sujetos plurintencionales
¿Pero en definitiva, por qué Menem se bajó del ballotage? Para ensayar una respuesta conviene repasar dos posibles imágenes sobre nosotros mismos. En una de éstas, preferimos vernos como seres unitarios y con unidad de propósitos. Sin embargo, muchas veces nos comportamos cómo si dentro nuestro habitara una multitud formada por individuos con metas disímiles, a veces convergentes y a veces antagónicas. Quizás cada uno de esta especie de microagentes mentales actúe en pos de su objetivo preferencial y siguiendo una lógica inexorable. Desde tal perspectiva, una decisión compleja no sea sino la resultante de una lucha incesante de agentes interiores, en la que finalmente se decanta un resultado. En los días febriles que precedieron al hecho político más traumático de los últimos tiempos, un observador externo habría visto discusiones acaloradas entre grupos que argumentaban racional o pasionalmente sobre los costos y beneficios de seguir o abandonar. Por su parte, un “observador” de lo interno, preferiría imaginar de qué modo diversos agentes mentales libraban al mismo tiempo una batalla interior no menos feroz y encarnizada. Así, podría haber entrevisto cómo el agente “rivalidad con Duhalde”, regido por la simple lógica “mientras no gane Duhalde, todo vale”, entablaba una lucha sin tregua con el agente “valentía”, regido por una regla tan clara como “Menem nunca le tuvo miedo a nada”; al tiempo que el agente “exitismo electoral” regido por el principio “nunca perdí una elección, cualquier cosa es mejor que perder una elección”, junto al agente “yo soy la ley, y por lo tanto puedo cambiarla”, zanjaban a su favor y, por ende, precipitaban el desenlace final.
Seguramente, nadie puede saber a ciencia cierta lo que pasa por la mente de un hombre cuando debe afrontar un dilema como el que nos ocupa. Pero convengamos que también resulta extraño suponer que todas las vicisitudes de una decisión traumática pueden ser resumidas bajo la escueta fórmula de maximizar el beneficio, sin considerar que parte substancial de lo que pugnamos por maximizar se deriva de pasiones tan humanas y conocidas como las que hemos intentado destacar.
Federico F. González
Licenciado en Psicología UBA
Director del Programa de Actualización en Psicología y Opinión Pública, Secretaría de Posgrado, Facultad de Psicología, UBA
[1] Además, no necesariamente debería haber contradicción entre la motivación intrínseca de negarse a perder ahora y la motivación funcional de negarse a ser derrotado en el presente como un modo de evitar mayores pérdidas futuras: en efecto, bien podría ser que Menem difícilmente habría consentido ser derrotado del modo en que se presagiaba, pero además pensó que dando un paso al costado era la mejor manera de preservar su vida política.
Soy Federico González