Antes de las elecciones primarias escribí un aserie de reflexiones antes de votar. Hoy las vuelvo a publicar de modo ampliado.
Dentro de un mes tendremos que votar nuevamente. A diferencia de las primarias, esta vez nuestro voto resultará determinante.
La importancia del hecho justifica un llamado a la reflexión. Apenas se trata de una invitación al ejercicio del pensamiento. Si se prefiere: palabras al viento que quizás encuentren eco en alguien. Ojalá.
En principio, la propuesta es tan simple que parece una obviedad: cuando un candidato habla, hay que escuchar qué es lo que dice.
Más allá de cómo lo dice, de cómo gesticula, de su tono de voz. Simplemente analizar qué es lo que dice:
Atender a la densidad conceptual de lo que se dice. Cuántas son ideas. Cuántas son frases huecas. Cuántos slogans vacíos de contenido.
Cuántas auténticas ideas-fuerza. Cuántos golpes bajos.
Recomiendo el ejercicio. Yo lo hice. Quizás nos llevemos algunas sorpresas. Cuando uno se dispone realmente a escuchar muchas cosas son distintas a lo que parecen.
Y, cuando se escuchan ciertos discursos y se los compara con otros, no se comprende por qué las inteligencias de los candidatos/as a veces están tan poco alineadas con sus respectivas intenciones de voto.
Sería bueno que no votáramos a impostores/as ni a demagogos/as. Algunos candidatos/as lo son, otros/as no. Deberíamos evitar a los impostores/as disfrazados/as de corderitos salvadores.
Hay algunos/as candidatos/as de cuya honestidad no puede dudarse. Hay otros/as que generan serias sospechas.
Quizás valdría pensar quién es el candidato/a más impostor/a. Si inmediatamente se nos viene alguien a la mente, ¿Por qué votarlo/a entonces?
Quizás valdría el esfuerzo de pensar que pasaría el día después si ese candidato/a ganara. ¿Nos suenan familiares las palabras venganza o revancha?
¿Por qué votar entonces a alguien capaz de vengarse de alguien?
A veces se piensa a la política y a los/as políticos/as como entelequias que trascienden a los aspectos humanos básicos. Pero, vaya obviedad, los/las políticos/as son personas y, como tales, algunos/as son buenas personas; otro/as no.
¿Por qué votar por malas personas, cuando podemos hacerlo por buenas personas?
Seguramente la inteligencia es un valor. Pero, vaya obviedad, a veces está al servicio de causas innobles.
No estaría de más pensar en quienes aplican o aplicarían su inteligencia al servicio de causas nobles y quienes lo harían a causas innobles y/o egocéntricas. Políticos/as que aplican o aplicarían su inteligencia a la causa de sus egos o de acumular poder por el poder mismo.
Sería útil recordar que para algunos políticos/as primero están ellos mismos, segundo ellos, tercero ellos; finalmente quizás haya algún otro. Quizás.
Es tan tremendamente obvio saber quién es quién que no se comprende porque hay cosas que son cómo son.
Resultaría oportuno considerar que existen políticos/as que han construido fortalezas con una retahíla de palabras rimbombantes que no expresan nada.
¿Para qué votar entonces a esos encantadores/as de serpientes, embaucadores/as de verbo fácil y sustancia nula?
Antes de votar quizás valga la pena pensar en la diferencia entre las apariencias y la sustancia. Entre la imagen y la verdad. Entre el “chamuyo” estéril y el discurso conceptual.
¿No es acaso más que evidente la diferencia entre los/las políticos/as verseros/as y los/las creíbles?
¿Por qué extraño arcano hay tanta gente que se deja embaucar por políticos/as que no son más que charlatanes/as de feria. O por psicópatas disfrazados/as de salvadores/as?
Sería saludable desconfiar de políticos/as que se victimizan demasiado. De quienes hacen del golpe bajo un estilo de vida. De los lobos/as disfrazados de corderos/as.
Y también desconfiar de los políticos/as ego-maniacos/as, cuyo único vínculo verdadero es con el espejo.
Quizás nos suceda que tenemos que votar y nos asalten miedos de "lo que pueda pasar". Pero seamos ecuánimes: las cosas preocupantes que puedan suceder, podrían ocurrir tanto si se cambian como si no se cambian las personas. ¿Por qué los miedos siempre deberían homologarse a los cambios y no a las permanencias?
Quizás un buen ejercicio radique en ordenar esos miedos para descubrir sus diferencias de magnitudes. Pensar con claridad a qué exactamente tememos cuando suponemos que podría ganar tal o cual candidato/a. Quizás nos sorprenda descubrir que, antes de reflexionar, creíamos temer a cosas que es difícil temer y, también, que no temíamos a cosas que si deberíamos temer.
Para finalizar: por supuesto, cada ciudadano es dueño de pensar o dejar de pensar sobre lo que se ocurra. Lo anterior no es sino una simple invitación a que, a la hora de votar, pensemos un poco más de lo que una especie de inercia mental nos impide hacer.
Cada uno sabrá de qué se trata.
Opiniones y reflexiones sobre la actualidad política argentina expresadas desde la óptica de la psicología de los actores involucrados.
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viernes, 23 de septiembre de 2011
lunes, 18 de junio de 2007
Daniel Filmus triunfalista. O de la delgada línea que separa la astucia propagandística de las auto profecías inverosímiles
.
Acabo de leer un titular altisonante de la agencia TELAM (puede verse en este link), donde se dice: “‘Estamos convencidos de que el 24 ganamos el ballottage’, ratificó Filmus”.
Como no podía salir de mi perplejidad, leí el artículo entero, para descartar que no fuera cosa de que la frase hubiera sido sacada de contexto. Pero, parece que no; sin ánimo de abusar del juego de palabras, parece que -a veces- lo que parece no sólo parece, sino que es.
En efecto, al interior de la noticia se leen frases que hoy habría expresado Daniel Filmus en un acto proselitista en Parque Lezama, como las que se transcriben a continuación:
“Nos acercamos a Mauricio Macri en las encuestas y estamos convencidos que el 24 vamos a ganar el ballottage."
"La tendencia es que nos estamos acercando, cada día un poco más y realmente estamos convencidos que vamos a ganar el domingo el ballottage y asumiremos el 10 de diciembre.”
Antes de cualquier reflexión lo primero que acude a mi mente resulta trivial: ¿lo creerá seriamente? Tal vez inspirándose en el gran Almafuerte, Filmus esté encarnando aquello de que “no te des por vencido, ni aún vencido”, porque “todos los incurables tiene cura, cinco segundos antes de la muerte”. Pero, sinceramente, cuesta creerlo.
Me resulta más plausible suponer que se trata de un mero artificio propagandístico, basado en la irreflexiva idea de que -cual escenario de guerra, donde la primera víctima es la verdad-, si la gente (cuál gente: ¿toda?, ¿lo que lo ya lo votó?, ¿la que no lo votó y se arrepintió?, ¿la que no pensaba ir a votar?) piensa que Filmus puede ganar, entonces aumentará su predisposición a ir a votarlo.
Pero sea por la razón que fuere que Filmus haya dijo lo que dijo, lo que en estas líneas interesa es analizar sus posible implicancias. Podemos proceder a tal análisis distinguiendo dos niveles:
1. En un primer nivel, cabe considerar cuál es el supuesto grado de eficacia que se desprendería de enunciar predicciones que, prima faccie, se presentan como poco verosímiles. Convengamos que parecería apostarse a una implícita idea que sostendría alguna, varias o todas de las siguientes variantes:
• Esa referida gente tendría una alta aversión hacia los perdedores, de modo que si alguien se muestra como luchador, tal aversión se atenuaría, derivándose entonces un producto final del mensaje que resultaría positivo para la causa de Filmus candidato.
• Asimismo, a modo de inversa de la anterior, se supone que la gente se alinearía mejor con el ganador (tal vez por una especie de identificación narcisista visceral), de modo que al mostrarse así, habría –nuevamente- un efecto positivo para Filmus.
• Adicionalmente, esa misma referida gente (u otra), si bien valoraría su voto como un bien preciado, se resistiría a rifarlo sin más ni más. Esto conduce a la conocida teoría del voto útil, que al margen de sus muchas variantes, básicamente sostiene un principio simple e incontrovertible: “si mi acción no va a tener ningún aporte, entonces ¿para qué realizarla?” (Vg. “Para que voy a ir a votar a este, si igual va a perder; mejor me quedo en mi casa y me veo una buena película o salgo a pasear!”)
2. Si bien resulta evidente que cualquiera de las referidas razones posee alguna lógica intrínseca atendible, no es menos evidente que también presentan algunas problemas, a saber:
• En primer lugar, convengamos que no siempre la gente suele “amar” más a los ganadores fuertes; a veces, sucede lo contrario: amamos a los débiles perdedores (la supuesta identificación narcisista es una fuerza intensa que nos gobierna; pero también nos impele la piedad, que no es otra cosa que desear el bien de quien vemos sufriendo)
• Recíprocamente, aquí también aparece una contrapartida simétrica del anterior argumento: a veces la gente detesta a los triunfalistas, y más aún a los que se venden como tales, es decir a los que en el lenguaje popular se tilda de “fanfarrones” (o es alguna novedad que una de las críticas más despiadadas de los argentinos sobre los propios argentinos se centra en nuestro capital pecado de soberbia”)
• Un ejemplo muy elocuente de la verdad conjunta de las dos consideraciones anteriores puede rastrearse en la historia de uno de los mayores grandes ídolos deportivos nacionales. Me refiero al caso de “Ringo” Bonavena. Los memoriosos del box recordarán que hasta antes de su dura derrota ante el mismísimo Cassius Clay, nuestro “Ringo” simbolizaba sí, al loco lindo argentino, al pícaro sinvergüenza, a los ravioles dominicales en la casa de Doña Dominga (su mamá), etc.; pero había un problema: la mitad del país lo amaba por todo eso; pero la otra mitad lo odiaba, porque “Ringo” también simbolizaba al fanfarrón, al chanta y al ególatra. ¿Pero cuando se convirtió entonces el inefable “Ringo” en el ídolo de multitudes que fue?: cuando perdió. Si, a la gente le dio lástima ver a ese grandote con cara de nene vapuleado sobre la lona: y a partir de ese momento lo amó y le perdonó todos sus anteriores excesos. Fue recién antes, y no antes, en que Bonavena dejó –para la mitad que lo odiaba- de ser el chanta fanfarrón para pasar a ser el loco lindo querido y entrañable que finalmente fue.
• Respecto a la teoría del voto útil, ésta sencillamente desatiende a un hecho básico: auque el argentino despotrique de la política, aunque sea el artífice del “que se vayan todos”, aunque siempre se insista en que “esta vez la gente fue menos a votar”; lo cierto es que los índices de concurrencia siguen siendo altos. No es este el espacio de considerar si la razón profunda de lo anterior radica más en un sentimiento de civilidad “ancestral”, o en la idea de se trata de un deber que si se viola traerá algún trastorno futuro (dificultades en trámites, multas, etc.), pero lo cierto es que la gente concurre mayoritariamente a votar. Y, una vez dentro del cuarto oscuro, ¿qué sentido tendría votar por quién uno quiere menos (u odia más), cuando puede hacerlo por uno que quiere más (u odia menos), más allá de las chances de ganar o perder que se le atribuya?. Sencillamente, el problema es que la teoría del voto útil, cuando se aplica, se aplica mejor a comicios abiertos (de primera vuelta o sin ballotage), pero parece exagerado pensarla para un ballotage.
3. Pasemos entonces a considerar el segundo nivel de implicancias de las referidas aseveraciones de Filmus, objeto de este artículo. Me refiero a las consecuencias emocionales derivadas de un estrepitoso fracaso, luego de haber previamente anunciado un triunfo fallido. ¿por qué alguien supuestamente racional (¿los políticos?) estaría dispuesto a correr semejante riesgo. ¿Cómo es posible que, aunque más no sea a modo de primitivo mecanismo de defensa, no funcione un operador de prudencia que inhiba el aseverar predicciones francamente improbables ante la evidencia acumulada, tal como las que se vienen analizando? Francamente, no tengo ninguna explicación al respecto más que insistir en la pertinaz insistencia de la mente humana a operar con torpeza en lugar de hacerlo con mesura.
Nota: Un último agregado. Quizás donde se evidencie de modo más palmario esa pertinaz irracionalidad con la que se concluyó es al observar la conducta de negación absurda que tienden a adoptar los candidatos derrotados al cierre de los comicios, cuando insisten en autoproclamarse ganadores, aún a sabiendas de que los estudios de boca de urna ya los muestran como perdedores o. al menos, en situación sumamente comprometida. Mi mente no puede dejar de pensar en esta figura: temporariamente desconectados de la realidad, creen que todavía siguen en campaña y que sus realmente estériles balbuceos finales podrán mágicamente torcer los millones de voluntades que ya se han manifestado sobre las urnas. Tal vez, entonces, en algún sentido, todo político sea un especie de Quijote moderno que los humildes ciudadanos no alcanzamos a comprender. O tal vez, sea sencillamente necedad.
Acabo de leer un titular altisonante de la agencia TELAM (puede verse en este link), donde se dice: “‘Estamos convencidos de que el 24 ganamos el ballottage’, ratificó Filmus”.
Como no podía salir de mi perplejidad, leí el artículo entero, para descartar que no fuera cosa de que la frase hubiera sido sacada de contexto. Pero, parece que no; sin ánimo de abusar del juego de palabras, parece que -a veces- lo que parece no sólo parece, sino que es.
En efecto, al interior de la noticia se leen frases que hoy habría expresado Daniel Filmus en un acto proselitista en Parque Lezama, como las que se transcriben a continuación:
“Nos acercamos a Mauricio Macri en las encuestas y estamos convencidos que el 24 vamos a ganar el ballottage."
"La tendencia es que nos estamos acercando, cada día un poco más y realmente estamos convencidos que vamos a ganar el domingo el ballottage y asumiremos el 10 de diciembre.”
Antes de cualquier reflexión lo primero que acude a mi mente resulta trivial: ¿lo creerá seriamente? Tal vez inspirándose en el gran Almafuerte, Filmus esté encarnando aquello de que “no te des por vencido, ni aún vencido”, porque “todos los incurables tiene cura, cinco segundos antes de la muerte”. Pero, sinceramente, cuesta creerlo.
Me resulta más plausible suponer que se trata de un mero artificio propagandístico, basado en la irreflexiva idea de que -cual escenario de guerra, donde la primera víctima es la verdad-, si la gente (cuál gente: ¿toda?, ¿lo que lo ya lo votó?, ¿la que no lo votó y se arrepintió?, ¿la que no pensaba ir a votar?) piensa que Filmus puede ganar, entonces aumentará su predisposición a ir a votarlo.
Pero sea por la razón que fuere que Filmus haya dijo lo que dijo, lo que en estas líneas interesa es analizar sus posible implicancias. Podemos proceder a tal análisis distinguiendo dos niveles:
1. En un primer nivel, cabe considerar cuál es el supuesto grado de eficacia que se desprendería de enunciar predicciones que, prima faccie, se presentan como poco verosímiles. Convengamos que parecería apostarse a una implícita idea que sostendría alguna, varias o todas de las siguientes variantes:
• Esa referida gente tendría una alta aversión hacia los perdedores, de modo que si alguien se muestra como luchador, tal aversión se atenuaría, derivándose entonces un producto final del mensaje que resultaría positivo para la causa de Filmus candidato.
• Asimismo, a modo de inversa de la anterior, se supone que la gente se alinearía mejor con el ganador (tal vez por una especie de identificación narcisista visceral), de modo que al mostrarse así, habría –nuevamente- un efecto positivo para Filmus.
• Adicionalmente, esa misma referida gente (u otra), si bien valoraría su voto como un bien preciado, se resistiría a rifarlo sin más ni más. Esto conduce a la conocida teoría del voto útil, que al margen de sus muchas variantes, básicamente sostiene un principio simple e incontrovertible: “si mi acción no va a tener ningún aporte, entonces ¿para qué realizarla?” (Vg. “Para que voy a ir a votar a este, si igual va a perder; mejor me quedo en mi casa y me veo una buena película o salgo a pasear!”)
2. Si bien resulta evidente que cualquiera de las referidas razones posee alguna lógica intrínseca atendible, no es menos evidente que también presentan algunas problemas, a saber:
• En primer lugar, convengamos que no siempre la gente suele “amar” más a los ganadores fuertes; a veces, sucede lo contrario: amamos a los débiles perdedores (la supuesta identificación narcisista es una fuerza intensa que nos gobierna; pero también nos impele la piedad, que no es otra cosa que desear el bien de quien vemos sufriendo)
• Recíprocamente, aquí también aparece una contrapartida simétrica del anterior argumento: a veces la gente detesta a los triunfalistas, y más aún a los que se venden como tales, es decir a los que en el lenguaje popular se tilda de “fanfarrones” (o es alguna novedad que una de las críticas más despiadadas de los argentinos sobre los propios argentinos se centra en nuestro capital pecado de soberbia”)
• Un ejemplo muy elocuente de la verdad conjunta de las dos consideraciones anteriores puede rastrearse en la historia de uno de los mayores grandes ídolos deportivos nacionales. Me refiero al caso de “Ringo” Bonavena. Los memoriosos del box recordarán que hasta antes de su dura derrota ante el mismísimo Cassius Clay, nuestro “Ringo” simbolizaba sí, al loco lindo argentino, al pícaro sinvergüenza, a los ravioles dominicales en la casa de Doña Dominga (su mamá), etc.; pero había un problema: la mitad del país lo amaba por todo eso; pero la otra mitad lo odiaba, porque “Ringo” también simbolizaba al fanfarrón, al chanta y al ególatra. ¿Pero cuando se convirtió entonces el inefable “Ringo” en el ídolo de multitudes que fue?: cuando perdió. Si, a la gente le dio lástima ver a ese grandote con cara de nene vapuleado sobre la lona: y a partir de ese momento lo amó y le perdonó todos sus anteriores excesos. Fue recién antes, y no antes, en que Bonavena dejó –para la mitad que lo odiaba- de ser el chanta fanfarrón para pasar a ser el loco lindo querido y entrañable que finalmente fue.
• Respecto a la teoría del voto útil, ésta sencillamente desatiende a un hecho básico: auque el argentino despotrique de la política, aunque sea el artífice del “que se vayan todos”, aunque siempre se insista en que “esta vez la gente fue menos a votar”; lo cierto es que los índices de concurrencia siguen siendo altos. No es este el espacio de considerar si la razón profunda de lo anterior radica más en un sentimiento de civilidad “ancestral”, o en la idea de se trata de un deber que si se viola traerá algún trastorno futuro (dificultades en trámites, multas, etc.), pero lo cierto es que la gente concurre mayoritariamente a votar. Y, una vez dentro del cuarto oscuro, ¿qué sentido tendría votar por quién uno quiere menos (u odia más), cuando puede hacerlo por uno que quiere más (u odia menos), más allá de las chances de ganar o perder que se le atribuya?. Sencillamente, el problema es que la teoría del voto útil, cuando se aplica, se aplica mejor a comicios abiertos (de primera vuelta o sin ballotage), pero parece exagerado pensarla para un ballotage.
3. Pasemos entonces a considerar el segundo nivel de implicancias de las referidas aseveraciones de Filmus, objeto de este artículo. Me refiero a las consecuencias emocionales derivadas de un estrepitoso fracaso, luego de haber previamente anunciado un triunfo fallido. ¿por qué alguien supuestamente racional (¿los políticos?) estaría dispuesto a correr semejante riesgo. ¿Cómo es posible que, aunque más no sea a modo de primitivo mecanismo de defensa, no funcione un operador de prudencia que inhiba el aseverar predicciones francamente improbables ante la evidencia acumulada, tal como las que se vienen analizando? Francamente, no tengo ninguna explicación al respecto más que insistir en la pertinaz insistencia de la mente humana a operar con torpeza en lugar de hacerlo con mesura.
Nota: Un último agregado. Quizás donde se evidencie de modo más palmario esa pertinaz irracionalidad con la que se concluyó es al observar la conducta de negación absurda que tienden a adoptar los candidatos derrotados al cierre de los comicios, cuando insisten en autoproclamarse ganadores, aún a sabiendas de que los estudios de boca de urna ya los muestran como perdedores o. al menos, en situación sumamente comprometida. Mi mente no puede dejar de pensar en esta figura: temporariamente desconectados de la realidad, creen que todavía siguen en campaña y que sus realmente estériles balbuceos finales podrán mágicamente torcer los millones de voluntades que ya se han manifestado sobre las urnas. Tal vez, entonces, en algún sentido, todo político sea un especie de Quijote moderno que los humildes ciudadanos no alcanzamos a comprender. O tal vez, sea sencillamente necedad.
Soy Federico González
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