- Prospectiva es pensar el futuro para mejorar el presente.
- Persuadir, convencer, seducir, enamorar. Una buena campaña política o comercial debe aspirar a eso.
- Toda acción de marketing se orienta al facilitar el encuentro entre la oferta y la demanda, entre la promesa y la ilusión.
- ¿Necesitás desarrollar una estrategia política, una campaña política o una campaña de comunicación? Consultanos.
- Formular una estrategia política es ciencia y es arte. Método y saber de artesanos.
- Ser un buen político arranca con fuerte deseo de cambiar la realidad. Pero un deseo sin estrategia es energía sin cauce.
- El primer paso de un verdadero estratega de la política es definir objetivos realizables cuya concreción haría la diferencia.
- La política no sólo es "el arte de lo posible". Es el arte de hacer todo lo posible para lograr lo que parecía improbable.
- Prospectiva de municipios es pensar en las ciudades del futuro para resolver los problemas de las ciudades del presente.
- Prospectiva es el arte de pensar escenarios futuros deseables y arbitrar los medios para lograrlos.
- Gestionar es resolver problemas, pero también preverlos.
Opiniones y reflexiones sobre la actualidad política argentina expresadas desde la óptica de la psicología de los actores involucrados.
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domingo, 4 de marzo de 2012
Frases Twitteras
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domingo, 25 de septiembre de 2011
Los límites de la explicación política y la necesidad de traspasarlos (reflexiones luego de las elecciones primerias del 14 de agosto de 2011)
Pregunta inocente: “¿Me podría decir por qué votó la gente?
Interpretación literal: “¿Me podría decir por qué aproximadamente 20 millones de personas votaron cómo votaron?!!!!”
Imaginemos que habrá muchos votantes que pueden dar una respuesta contundente y taxativa sobre sus razones de voto. Pero también imaginemos que habrá muchas personas que no tendrán una respuesta sencilla, o que no sabrían bien qué responder, o que no responderían.
Si multiplicamos los últimos casos por una cantidad elevada de ciudadanos, apreciaremos con claridad el carácter desmesurado de ensayar una respuesta razonable a la inocente pregunta; ¿por qué votó la gente?
A pocos días de las elecciones primarias conjeturé sobre los límites de las explicaciones de los hechos políticos y sobre la necesidad de trasponerlos.
Referí a la tesis del escepticismo empírico de Nassim Taleb, que enfatiza la importancia del azar y, por ende, advierte sobre la tendencia a sobrevalorar las explicaciones racionales de los hechos sociales.
Aludí a una idea que alguna vez balbuceé (probablemente inspirada en algún texto de Sorokin) y que sostiene que la estructura de una sociedad es tan compleja que cualquier intento de comprensión produce una especie de "corto-circuito mental", que desencadena algo análogo a la "invención" o "fabulación" de explicaciones. En tal sentido, toda explicación socio-política sería una inevitable mistificación de la compleja realidad social, que —en rigor— quizás sea un arcano insondable.
Insistí señalando una obviedad que, al formularla, ilustra sobre el real abismo de lo no explicable: no tenemos la máquina de leer con precisión el pensamiento y los sentimientos de las personas. Quizás tampoco quisiéramos jamás contar con semejante artilugio, aunque su realización fuera técnicamente posible. Además, ese terrible lector generaría tal maraña de informes que deberíamos tener otra tecnología fenomenalmente prodigiosa que interpretara esa inmensidad informativa y la tradujera sin pérdida en un texto sencillo e inteligible.
Señalé también que la pasión por explicar es una motivación tan irrenunciable que no podíamos sino sucumbir a la tentación de esbozar un vasto repertorio de razones para, en ese caso, explicar por qué Cristina Kirchner ganó del modo en que lo hizo.
Luego de aquella introducción esbocé 42 explicaciones conjeturales sobre las razones de aquel triunfo, cuya enumeración no es objeto del presente análisis.
¿Por qué votó la gente?, ¿Por qué Cristina ganó como ganó?
Preguntas simples. Preguntas difíciles. Respuestas conjeturales. Tan conjeturales como irrenunciables.
Interpretación literal: “¿Me podría decir por qué aproximadamente 20 millones de personas votaron cómo votaron?!!!!”
Imaginemos que habrá muchos votantes que pueden dar una respuesta contundente y taxativa sobre sus razones de voto. Pero también imaginemos que habrá muchas personas que no tendrán una respuesta sencilla, o que no sabrían bien qué responder, o que no responderían.
Si multiplicamos los últimos casos por una cantidad elevada de ciudadanos, apreciaremos con claridad el carácter desmesurado de ensayar una respuesta razonable a la inocente pregunta; ¿por qué votó la gente?
A pocos días de las elecciones primarias conjeturé sobre los límites de las explicaciones de los hechos políticos y sobre la necesidad de trasponerlos.
Referí a la tesis del escepticismo empírico de Nassim Taleb, que enfatiza la importancia del azar y, por ende, advierte sobre la tendencia a sobrevalorar las explicaciones racionales de los hechos sociales.
Aludí a una idea que alguna vez balbuceé (probablemente inspirada en algún texto de Sorokin) y que sostiene que la estructura de una sociedad es tan compleja que cualquier intento de comprensión produce una especie de "corto-circuito mental", que desencadena algo análogo a la "invención" o "fabulación" de explicaciones. En tal sentido, toda explicación socio-política sería una inevitable mistificación de la compleja realidad social, que —en rigor— quizás sea un arcano insondable.
Insistí señalando una obviedad que, al formularla, ilustra sobre el real abismo de lo no explicable: no tenemos la máquina de leer con precisión el pensamiento y los sentimientos de las personas. Quizás tampoco quisiéramos jamás contar con semejante artilugio, aunque su realización fuera técnicamente posible. Además, ese terrible lector generaría tal maraña de informes que deberíamos tener otra tecnología fenomenalmente prodigiosa que interpretara esa inmensidad informativa y la tradujera sin pérdida en un texto sencillo e inteligible.
Señalé también que la pasión por explicar es una motivación tan irrenunciable que no podíamos sino sucumbir a la tentación de esbozar un vasto repertorio de razones para, en ese caso, explicar por qué Cristina Kirchner ganó del modo en que lo hizo.
Luego de aquella introducción esbocé 42 explicaciones conjeturales sobre las razones de aquel triunfo, cuya enumeración no es objeto del presente análisis.
¿Por qué votó la gente?, ¿Por qué Cristina ganó como ganó?
Preguntas simples. Preguntas difíciles. Respuestas conjeturales. Tan conjeturales como irrenunciables.
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sábado, 27 de agosto de 2011
La explicación ideológica y la explicación psicológica
La explicación ideológica y la explicación psicológica
Para comprender el mundo, la mente humana necesita simplificar.
Explicar, entre otras cosas, es formular ficciones útiles para dar cuenta de la complejidad de lo real.
La “complejidad de lo real” es un ejemplo elocuente de lo anterior. Quizás la realidad es sólo lo que es. Su aparente complejidad tal vez no sea más que una figura para referirse al vínculo que establecemos con lo real, en tanto sujetos del conocimiento.
La política no escapa a esa lógica. La política es tanto una realidad como una abstracción. No resulta desatinado considerar que política no es otra cosa que una serie de hechos a los que les asignamos un carácter particular. Catalogar a un hecho como político supone hablar de ciertos significados e implicancias. Definir el alcance de los mismos es objeto de las denominadas ciencias políticas.
Pero, sea lo que sean los hechos políticos, resulta imposible concebirlos como entidades que trascienden a los factores humanos que constituyen su causa. En tal sentido no hay hecho político en ausencia de los motivos y creencias de los actores humanos que los generan.
Concluir a partir de lo anterior que la política deberái reducirse a la psicología es una temeridad y una confusión de niveles.
Por supuesto, si la política es una especial mirada sobre ciertos acontecimientos humanos, deberíamos atenernos a las leyes propias de ese nivel de abstracción. Pero, sin embargo, resulta difícil renunciar a lo que subyace a dicha abstracción. Esto es, nuevamente: deseos, creencias y pasiones humanas.
Lo mismo que se analiza sobre la política, se aplica a la ideología. Porque, en última instancia, la ideología no es otra cosa que sistemas de creencias y valores que guían las acciones de individuos y colectivos.
Hoy, como siempre, los hechos políticos se analizan en términos de las vicisitudes de disputas ideológicas. Izquierdas, derechas, centros, progresismos, liberalismos, etc. pretenden referir a fuerzas que transcenderían a la psicología de quienes se movilizarían dentro de sus respectivos senos.
Pero escamotear la psicología de los actores conduce a lo que los epistemólogos de la filosofía analítica denominan error categorial. En este caso, cometer un error categorial significa suponer que existen realmente entidades trans-fenoménicas que se desplegarían por encima de los actos psicológicos y conductuales de los actores humanos que se comportan bajo determinantes ideológicos.
Coleridge, citado por Borges, considera que los hombres nacen aristotélicos o platónicos, y que ambas cosmovisiones irreconciliables vuelven a aparecer a los largo de la historia bajo diferentes ropajes.
Similarmente, parece imposible explicar el universo de lo político en términos de categorías tales como izquierda y derecha. ¿Pero qué son realmente izquierda y derecha si prescindimos de que, fundamentalmente, son sistemas de creencias y valores?
En tanto significados de uso (es decir, más allá del análisis político teórico) reivindicarse y/o acusar a alguien de izquierdista o derechista supone atribuirle deseos y creencias analizados en términos valorativos.
De igual modo, definirse como progresista (modo contemporáneo de reivindicarse de izquierda obviando ciertas connotaciones problemáticas de dicha categoría) significa afirmar que se es éticamente superior, más humano, más sensible, más justo, más democrático, más abierto a nuevas ideas que nos permiten trascender viejos atavismos que hacían más pesada la carga de la existencia, etc.
Inversamente, no ser progresista (i.e. “ser de derecha”) parecería equivaler a ser más egoísta, más individualista, más pragmático y menos sensible, más propenso a conservar atavismos anticuados que complican el existir, etc.
En una síntesis más ajustada, ser progresista parece significar ser mejor persona y/o poseer mayor inteligencia y sabiduría. En cambio, ser de derecha significaría ser mala persona, por acción o por omisión, y/o (vía autoengaño conciente o falsa conciencia) estar prisionero de un sistema de valores perverso o profundamente degradante de la condición humana, o ignorar que ciertos medios no conducen a los fines que deberían consducir.
El bien y el mal, la conciencia de la lucidez o el determinismo del autoengaño, creencias verdaderas o falsas, ser más o menos inteligentes. Hablar de ideología es hablar de psicología. O de ética. De saber cómo se debería vivir y para que lo hacemos.
Hablar de política es hablar de lo que deseamos, de lo que no deseamos o de lo que “no queremos saber que deseamos” (la expresión es de Julio Cortázar)
Sería justo entonces suspender la pesada carga de los etiquetamientos ideológicos para poder hablar de lo que único que realmente se viene hablando: el bien, el mal, los medios, los fines, la inteligencia para alcanzarlos.
Eso revelaría, quizás, que no todo es como parece. Y que virtudes y disvalores pueden habitar o escasear detrás de muchos rótulos que confunden el ser y el parecer, la sustancia y declamación vacía, la verdad y la impostura.
Para comprender el mundo, la mente humana necesita simplificar.
Explicar, entre otras cosas, es formular ficciones útiles para dar cuenta de la complejidad de lo real.
La “complejidad de lo real” es un ejemplo elocuente de lo anterior. Quizás la realidad es sólo lo que es. Su aparente complejidad tal vez no sea más que una figura para referirse al vínculo que establecemos con lo real, en tanto sujetos del conocimiento.
La política no escapa a esa lógica. La política es tanto una realidad como una abstracción. No resulta desatinado considerar que política no es otra cosa que una serie de hechos a los que les asignamos un carácter particular. Catalogar a un hecho como político supone hablar de ciertos significados e implicancias. Definir el alcance de los mismos es objeto de las denominadas ciencias políticas.
Pero, sea lo que sean los hechos políticos, resulta imposible concebirlos como entidades que trascienden a los factores humanos que constituyen su causa. En tal sentido no hay hecho político en ausencia de los motivos y creencias de los actores humanos que los generan.
Concluir a partir de lo anterior que la política deberái reducirse a la psicología es una temeridad y una confusión de niveles.
Por supuesto, si la política es una especial mirada sobre ciertos acontecimientos humanos, deberíamos atenernos a las leyes propias de ese nivel de abstracción. Pero, sin embargo, resulta difícil renunciar a lo que subyace a dicha abstracción. Esto es, nuevamente: deseos, creencias y pasiones humanas.
Lo mismo que se analiza sobre la política, se aplica a la ideología. Porque, en última instancia, la ideología no es otra cosa que sistemas de creencias y valores que guían las acciones de individuos y colectivos.
Hoy, como siempre, los hechos políticos se analizan en términos de las vicisitudes de disputas ideológicas. Izquierdas, derechas, centros, progresismos, liberalismos, etc. pretenden referir a fuerzas que transcenderían a la psicología de quienes se movilizarían dentro de sus respectivos senos.
Pero escamotear la psicología de los actores conduce a lo que los epistemólogos de la filosofía analítica denominan error categorial. En este caso, cometer un error categorial significa suponer que existen realmente entidades trans-fenoménicas que se desplegarían por encima de los actos psicológicos y conductuales de los actores humanos que se comportan bajo determinantes ideológicos.
Coleridge, citado por Borges, considera que los hombres nacen aristotélicos o platónicos, y que ambas cosmovisiones irreconciliables vuelven a aparecer a los largo de la historia bajo diferentes ropajes.
Similarmente, parece imposible explicar el universo de lo político en términos de categorías tales como izquierda y derecha. ¿Pero qué son realmente izquierda y derecha si prescindimos de que, fundamentalmente, son sistemas de creencias y valores?
En tanto significados de uso (es decir, más allá del análisis político teórico) reivindicarse y/o acusar a alguien de izquierdista o derechista supone atribuirle deseos y creencias analizados en términos valorativos.
De igual modo, definirse como progresista (modo contemporáneo de reivindicarse de izquierda obviando ciertas connotaciones problemáticas de dicha categoría) significa afirmar que se es éticamente superior, más humano, más sensible, más justo, más democrático, más abierto a nuevas ideas que nos permiten trascender viejos atavismos que hacían más pesada la carga de la existencia, etc.
Inversamente, no ser progresista (i.e. “ser de derecha”) parecería equivaler a ser más egoísta, más individualista, más pragmático y menos sensible, más propenso a conservar atavismos anticuados que complican el existir, etc.
En una síntesis más ajustada, ser progresista parece significar ser mejor persona y/o poseer mayor inteligencia y sabiduría. En cambio, ser de derecha significaría ser mala persona, por acción o por omisión, y/o (vía autoengaño conciente o falsa conciencia) estar prisionero de un sistema de valores perverso o profundamente degradante de la condición humana, o ignorar que ciertos medios no conducen a los fines que deberían consducir.
El bien y el mal, la conciencia de la lucidez o el determinismo del autoengaño, creencias verdaderas o falsas, ser más o menos inteligentes. Hablar de ideología es hablar de psicología. O de ética. De saber cómo se debería vivir y para que lo hacemos.
Hablar de política es hablar de lo que deseamos, de lo que no deseamos o de lo que “no queremos saber que deseamos” (la expresión es de Julio Cortázar)
Sería justo entonces suspender la pesada carga de los etiquetamientos ideológicos para poder hablar de lo que único que realmente se viene hablando: el bien, el mal, los medios, los fines, la inteligencia para alcanzarlos.
Eso revelaría, quizás, que no todo es como parece. Y que virtudes y disvalores pueden habitar o escasear detrás de muchos rótulos que confunden el ser y el parecer, la sustancia y declamación vacía, la verdad y la impostura.
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